Santiago no era perfecto: era impulsivo, solía perder las llaves, y su sonrisa era más una mueca de complicidad frente a la vida. Pero en sus ojos, Clara vio algo familiar: el dolor de un hombre que había perdido a su hermano hace años, y que desde entonces no había aprendido a vivir plenamente.
(Una historia original)
Un día, Clara encontró una carta en la mesa de la librería. Santiago no había venido en semanas, pero allí estaba: